Enrique Quevedo: “Los niños son buenos críticos”

Primero fue el dibujo. Y la geometría como constante. Después, el camino y los vericuetos del arte como modo de expresión y medio de vida. Pero, aunque Enrique Quevedo no ha abandonado ni los cuadros ni las exposiciones, la mayor parte de su tiempo lo dedica desde hace cinco años a la creación de álbumes ilustrados para niños. Un público, dice, más sincero. Con ocurrencias únicas. Con el que surge la magia en cuanto empieza a garabatear.

El dibujo y la geometría han acompañado a Enrique Quevedo desde siempre. Este artista gaditano, afincado en Sevilla, recuerda que, con ocho años, “me pasaba el día con el tiralíneas, intentando repasar aquellos ejercicios de geometría, que no había manera de que quedasen limpios”. Ese fue el lenguaje artístico que eligió y que ha desarrollado durante veinte años, con exposiciones en Sevilla, Barcelona, Madrid o Lisboa.

Pero un día, él, que echaba de menos la figuración, que de niño se deleitaba con los cómics de superhéroes y las colecciones ilustradas del Oeste de su padre, y que veía el buen momento por el que atravesaba la ilustración, empezó a preguntarse ¿por qué no? ¿Por qué no explorar otras vías?

La ilustración estaba queriendo salir. Me encerré un mes o dos en casa y empecé a dibujar”, explica. “Cuando iba a las librerías, me gustaban mucho las propuestas de Kalakandra. Pensé: ¿por qué no enviarles los dibujos? Así empezó la aventura”.

El resultado de aquel contacto a ciegas se tituló La hora de los relojes, el primer libro que vio publicado en 2011 con poemas de Fran Nuño, escritor, dinamizador cultural y librero también asentado en Sevilla. La colaboración entre ambos sería fecunda y premiada.

Han pasado cinco años desde entonces y su inmersión en esta nueva faceta profesional ha sido tal que Enrique ya no sólo dibuja, sino que también escribe. Ha sido premiado en tres ocasiones en Estados Unidos; ha sido traducido al inglés, al chino o al francés y está lleno de proyectos con la editorial sevillana Tres Tigres Tristes y el nuevo sello Azul & Eton. Sin abandonar las exposiciones programadas para este 2016. Como la colectiva que se acaba de inaugurar en la galería Birimbao.

Laboriosidad y generosidad

Enrique Quevedo me abre las puertas de su casa por intermediación de Juan Arjona, anterior protagonista de esta sección.

Su mesa de trabajo está llena de lápices, rotuladores y acuarelas. Sobre ellos cuelga un reloj antiguo, de esos que tanto le gusta destripar, y, en un extremo de la mesa, aparatos digitales que le acompañan mientras dibuja y en los que suenan desde una conferencia de Gustavo Bueno hasta la música electroacústica a la que le hizo aficionado el crítico musical (y amigo) Paco Ramos.

No hay dibujos desperdigados. En las paredes, algunos de sus cuadros y de artistas (amigos). En el sofá, se apilan los libros con los que se relaja después de largas jornadas. Sobre todo, ensayos. Hobbes, Adorno, Lipovetsky, Luciano. En las estanterías, música y cine. “En los dibujos se cuela todo”, asegura.

Pero Enrique no es hombre ni de exhibiciones ni de pretensiones. Es poco artificioso en las explicaciones y generoso. La palabra amistad surge siempre relacionada con la gente a la que menciona.

Reconoce que le cuesta la parte pública de su trabajo. Él prefiere dibujar monstruos, engranajes, artefactos, máquinas, inventos. “Me gusta mucho el escenario teatral, que los dibujos sean como recortes, que haya varias miradas”. Una panorámica y otras de detalle. Por fuera y por dentro.

Al-caer-la-noche

‘Al caer la noche’ acaba de llegar a las librerías, editado por Tres Tigres Tristes

Uno de los aspectos más sorprendentes de su trabajo es la laboriosidad. La minuciosidad. Todo está dibujado y pintado a mano. Detalle a detalle. Cada matiz de la luz y la oscuridad de Al caer la noche. Cada engranaje del Mecanistiario del Doctor Chaparelli. Obras recomendadas para niños que comienzan a ser autónomos en sus lecturas, a partir de seis años, pero que no deberían perderse los adultos que conserven algo de curiosidad y tengan ganas de compartir experiencias en torno a un libro.

Otra característica es su evolución. Del color al blanco y negro. De la geometría y la mecanicidad a seres menos articulados. “Como no lo haga, me aburro. Me cuesta mantener una misma línea dentro de un libro porque empieza a bullir y tengo que controlarlo”.

Los lápices y las acuarelas tienen más magia que si juegas sólo con el ordenador

Aunque parezca increíble, Enrique apenas utiliza el ordenador. Acaba de introducirlo para el montaje final de Holly y el arbusto, el nuevo libro en el que está trabajando con Lola Walder y que se publicará en marzo.

Esa parte de hombre de la caverna, que estaba pintando bisontes, no quiero que se me vaya. Los lápices y las acuarelas tienen más magia que si juegas sólo con el ordenadorHoy estamos acostumbrados a que lo rápido sea mejor. Yo prefiero la paciencia, la minuciosidad”.

Pero hagamos algo de cronología. Desde la publicación de La hora de los relojes, todo ha ido sucediendo de una forma gradual. Su colaboración y amistad con Fran Nuño fructificó en la publicación de La máquina de las estaciones (Almadraba), El gran mago del mundo y Luces de feria, editados por Cuento de Luz. Con textos de Irene Aparici, publicó La danza del tiempo.

Su trabajo como ilustrador ha sido recompensado con tres premios. En 2012, recibió en Estados Unidos el de Mejor Ilustrador en el Moonbeam Children’s Book Awards por El gran mago del mundo; en 2013, el de mejor álbum en español por Luces de feria, mientras que, en 2014, La danza del tiempo recibió la medalla de oro en los Living Now Awards.

Los premios son “algo inesperado, una alegría, claro. Te sirven para empujarte a seguir, el camino se hace duro. Te motivan, te dan ganas de hacer pero no me gusta mucho el bombo. Prefiero estar aquí trabajando”.

Y trabajando se lo encontraron, un día, “los tigres”. Se refiere a Bárbara Centorbi y a Guillermo Pérez, editores de Tres Tigres Tristes (TTT), quienes le animaron a dar un paso más. O quizás un salto.

Cuando los Tigres vieron los dibujos originales del Mecanistiario me pusieron la espada al cuello para que escribiese el texto original”. Enrique había dibujado cada animal de los que componen este curioso acordeón en un A-3 y le dijeron “lo escribes tú. Soy buen lector pero… ¿escribir?”.

Finalmente, no hubo negociación. Y así fue cómo Enrique Quevedo se estrenó con la escritura, dando vida al profesor Chaparelli, un científico del siglo XXV que estudia la relación de los animales con el agua y que entrega sus diarios y anotaciones al autor.

En el Mecanistiario, Enrique no sólo dibuja, sino que también escribe los textos

En el Mecanistiario, Enrique no sólo dibuja, sino que también escribe los textos

El formato acordeón de esta obra permite varias posibilidades a los niños: desde mantenerlo desplegado, como si fuera un póster, y con el que se pueden pasar un buen rato entretenidos observando los engranajes de estos extraños animales mecánicos, hasta leer los textos con distintos estilos, de la crónica periodística al verso.

Este fue el primer trabajo con la editorial sevillana pero acaba de llegar a las librerías Al caer la noche, una recopilación de los miedos más comunes que podemos sufrir en la infancia. Como dice la nota de los editores: una investigación sobre la convivencia entre niños y monstruos.

No me he inventado nada. Son mis propios miedos cuando recorríamos un bosque de pinos sin luz, y hay otros, como el pasillo, la bañera detrás de la cortina, la ventana”, explica el autor.

En esta obra, Enrique reconoce la gran labor de edición que han realizado Bárbara y Guillermo, que le han ayudado a adaptarlo a los niños porque su tendencia natural era llevarlo al mundo de los adultos.

Actualmente, ya está trabajando en un nuevo proyecto con TTT, está preparando una exposición individual para la galería sevillana La Caja China y finalizando Holly y el arbusto.

Lola Walder había publicado novelas y guiones cinematográficos pero, cuando buscó un ilustrador para su primer cuento, apareció Enrique. “El azar ha marcado importantes momentos de mi vida y, una vez más, fue el azar el que me puso en contacto con Enrique”, explica desde Madrid.

No conocía a ningún ilustrador pero quería el mejor para Holly. Busqué en internet y apareció Enrique porque le habían premiado en Estados Unidos con una medalla de oro por su trabajo. Me documenté y no tuve duda. En la librería Rayuela me dieron su teléfono y tuvimos mucho feeling en nuestra primera conversación. Enrique, además de ser un gran artista, es extremadamente generoso”.

A Lola le atraía “la perfecta geometría de los espacios, la maravillosa combinación de los colores y la imaginación desbordante que domina en todas sus ilustraciones. Son realmente divertidas”. El texto de Walder y las ilustraciones de Quevedo servirán para inaugurar en marzo el nuevo sello editorial Azul & Eton, que contará con presentación también en Sevilla.

Los niños son buenos críticos, te dicen lo que piensan a la cara
Enrique Quevedo y Fran Nuño han hecho presentaciones tanto en bibliotecas como en librerías

Enrique Quevedo y Fran Nuño han hecho presentaciones tanto en bibliotecas como en librerías

En esta nueva etapa creativa, una de las experiencias más satisfactorias para este artista es la sinceridad que se ha encontrado en su nuevo público, con el que ha compartido sesiones con Fran Nuño en bibliotecas, gracias al circuito Letras Minúsculas del Centro Andaluz de las Letras (CAL), y por librerías especializadas, como Rayuela, El Oso y su Libro o El Molino de Cienta.

Cuando hay una exposición en la galería, la gente lo ve y te dicen “muy bien” pero te pueden engañar. Los niños, no. Los niños son buenos críticos, te dicen lo que piensan a la cara, sus ocurrencias son únicas y, basta que hagas un monigote, para que empiece la magia”.

Cuando salgo y veo las angustias que hay por exponer, por relacionarte, por estar en todas partes, no tengo para nada ese problema. Prefiero pensar que soy un fracasado y no tengo preocupaciones ni de publicar ni de exponer. Sólo hago mi trabajo de la forma más tranquila y minuciosa posible. Algo pasa que la gente va como revolucionada. Yo quiero parar y así me paro. Son mecanismos de supervivencia”.

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