Pou: “Leer en voz alta es un vicio”

Cuando el actor José María Pou llegó a Sevilla para representar en el Teatro Lope de Vega ‘Sócrates. Juicio y muerte a un ciudadano’, arrastraba un resfriado desde hacía tres semanas pero accedió a hablar con Letras anfibias sobre cultura, lectura y política. Queremos saber qué relación tiene el mundo de la cultura con la lectura e inauguramos con él esta nueva sección.

¿Cuántas de las costumbres que nos inculcan durante la infancia acabarán siendo decisivas en nuestra formación personal y profesional?

Igual que José María Pou se recuerda con nueve o diez años en un patio de butacas de un pequeño teatro de Mollet del Vallés (Barcelona), observando cómo su padre montaba las escenografías de una compañía de teatro de aficionados, el momento fundacional de la lectura también remite a su casa y a su entorno familiar más directo.

Mi padre era un obrero de clase media pero en casa había una habitación, que era la biblioteca, con las paredes hasta arriba de libros, en la que mi padre se encerraba a leer y en la que yo, cada noche, antes de irme a la cama, iba, escogía un libro y me lo devoraba entero”. 

Esa naturalidad y cotidianeidad es, según él, “fundamental para aprender el gusto por la lectura. Yo veía a mis padres leyendo. Esa ha sido una de mis grandes fortunas. Vivir en una casa con libros”.

“Me he pasado la vida leyendo, leyendo y descubriendo. Leer es imaginar, leer es abrir miles de ventanas. La capacidad de fantasía para crear, la capacidad de imaginar te la da la lectura. Sin lectura, es imposible que eso se desarrolle”.

La existencia de esa habitación-biblioteca es la que ha determinado, por ejemplo, que Pou no haya sido nunca usuario de bibliotecas públicas y sí, en cambio, comprador asiduo en librerías. “Mi padre compraba libros y yo he seguido comprando libros. Soy un fanático de las librerías”.

En un instante de ‘Máscaras’, el documental realizado por Elisabet Cabeza y Esteve Riambau y que muestra el proceso de interiorización del personaje de Orson Welles, la cámara muestra a José María Pou sentado en el sillón de su casa y rodeado de libros por todas partes.

Ha contado en muchas ocasiones que ha aprendido a ser actor siendo espectador de teatro. “He viajado a los países que estaban haciendo un teatro que más me interesaba, principalmente Alemania, Estados Unidos e Inglaterra”, cuenta. En esos viajes para asistir a infinidad de representaciones, solía incluir rutas por librerías a las que consideraba casi “templos”.

Una de las cosas que más me duelen últimamente es la desaparición de las librerías que me parecían templos, iglesias. Ahora, cuando llego a Nueva York o a Londres, y veo que han desaparecido algunas de las librerías a las que he sido fiel durante muchos años, me duele una barbaridad”.

Lecturas dramatizadas

Aunque comenta que lee mucho por trabajo y menos por placer (acaba de terminar ‘Farándula’ de Marta Sanz), confiesa que es un devorador de periódicos y revistas culturales. “Que se mantenga ese tipo de magazine cultural es importante y fundamental. Sirven para incitar a la lectura. Quiero creer que, después de leer esos suplementos, la gente va a las librerías a buscar los libros de los que hablan y eso no deja de ser promoción”. Pero, si tiene un vicio, es el de leer en público en voz alta. “Me hace absolutamente feliz”.

“La lectura en voz alta me hace absolutamente feliz”

Además de haberse transformado en escena en el rey Lear, el profesor Héctor o Martin, el arquitecto enamorado de una cabra, la literatura también ha estado muy presente en su trabajo con las lecturas dramatizadas de ‘Bartleby, El Escribiente’ (Henry Melville), los recitales de poemas de Edgar Allan Poe o Konstantin Kavafis.

Hay un momento, en el inicio de su vida profesional, que está muy vinculado con la lectura en voz alta. “Cuando me instalé en Madrid con 18 años, dispuesto a estudiar Arte Dramático y a empezar mi carrera con las limitaciones económicas que teníamos para sobrevivir en aquella época, tuve la suerte inmensa de contactar con la ONCE, que tenía el servicio del Libro Hablado, donde me contrataron por mi voz y mi dicción”, recuerda.

Pou-Bartleby

Bartleby ha sido uno de los personajes literarios leídos por este actor. FOTO WEB

Me pasé casi toda mi época de estudiante yendo cada día a los estudios de grabación de la ONCE a leer. A leer en voz alta. Desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde, sin parar. Estaba especializado en grabar la literatura contemporánea y grababa todo lo que se publicaba. Fui feliz”.

Leía, me pagaban por ello y era consciente que eso iba a llegar luego a los oídos de mucha gente. Hay gente que todavía me espera para decirme que mi voz era muy familiar en su casa porque su padre era ciego, o su abuelo era ciego. Eso me da mucha satisfacción”.

Y prosigue: “La cultura y la educación van íntimamente unidas. Una de las cosas que se ha perdido en la escuela es salir a leer en voz alta. En el extranjero se sigue usando muchísimo porque es una escuela de dialéctica”.

La cultura se ha convertido en sinónimo de algo muy sesudo, muy aburrido, incluso algo oficial

El torrente verbal de este actor, que ha cumplido setenta años sobre las tablas y que parece conservar intactas las energías, se intensifica cuando le pregunto por la cuestión cultural. 

Vivimos en un país donde la cultura no se considera algo necesario, casi se considera un lujo de las élites, de gente desocupada que tiene tiempo de leer, y se ha mirado mal a la gente que consume teatro o va al cine habitualmente, o lee más de lo normal porque son vagos y maleantes que tienen mucho tiempo libre. La gente seria que trabaja, la que tiene que ganarse el pan, no tiene tiempo para ir al cine o al teatro. Ese pensamiento se ha fomentado muchísimo en España. Va calando, calando, poco a poco”.

Por la ausencia de la cultura en los debates políticos.

Cuando un político piensa qué va a decir en el próximo mitin para atraer la atención de los militantes, piensa en el paro, en reivindicaciones sociales, en las colas de los hospitales, pero no se le ocurre pensar en la educación, en la cultura, en ayudas para la lectura. No se le ocurre pensar que puede remover a la gente hablando de cultura, eso es lo que me parece gravísimo. Es como si se hubiera borrado, como si no importara, como si no le interesara a nadie. Produce tanto dolor hablar de eso”.

Por el significado y la interpretación de la cultura.

Mucha gente es incapaz de entender, o de saber, qué es eso que llamamos cultura. De repente, la cultura se ha convertido en sinónimo de algo muy sesudo, muy aburrido, incluso algo oficial, cuando estamos respirando cultura continuamente, cuando la cultura es lo que venimos heredando, cuando la cultura es saber elegir tus lecturas, cuando la cultura es saber mantener una tertulia con ocho personas”.

En un determinado momento de la obra, que se estrenó en el Festival de Mérida y que está girando por toda España, Sócrates-Pou dice en escena: “Lo único que busco es la verdad. No tengo otra pretensión en este mundo que buscar la verdad y hurgar, hurgar hasta el fondo para encontrar la verdad de todas las cosas y seguir haciendo preguntas… Y una más y una más… Hasta dar con la última pregunta que ya no pueda obtener más respuesta que la verdad”.

¡Qué necesario es, hoy en día, hacer preguntas y no conformarse con las primeras respuestas!, le comento.

Ese es uno de los aspectos de este espectáculo que, no ya como actor, sino como ciudadano, más me incitan a hacerlo cada día. Desde el escenario, incitar al espectador a no conformarse nunca con las verdades oficiales y a preguntar siempre porqué, buscar la verdad que casi siempre se oculta al fondo. Hurgar sin descansar. Es una de las frases que llegan más directas al público. Lo pueden poner en práctica al día siguiente”.

FOTO de portada: Jero Morales / Festival de Mérida

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