“El lector ocasional busca rapidez y comodidad”

No sólo hemos cambiado nuestra forma de leer, sino que ahora buscamos, accedemos y compramos contenidos de muy distintas maneras. Pero ese fenómeno en Andalucía no se estudia. La última encuesta de hábitos de lectura y compra, realizada por el Observatorio Andaluz de la Lectura, data de 2011. La ausencia de estudios, análisis y prospectivas también caracteriza a las organizaciones del sector. 

Formular en Sevilla la pregunta de cómo está cambiando el concepto de libro no tiene respuesta. Simplemente, no hay datos. Pero no vayamos tan lejos.

Para saber qué presencia tienen las librerías entre los lectores, hay que recurrir a 2011, cuando el estudio Hábitos de Lectura y Compra en Andalucía señalaba que un 68,9% de los lectores habituales -entonces, un 55% de la población- compraba en librerías. Han pasado cuatro años. Los de la crisis económica más la suya propia. Un período en el que la facturación de las librerías españolas ha pasado de 1.001 millones de euros en 2010 a 735 millones, en 2014. ¿Qué ha pasado aquí desde entonces? Tampoco sabemos.

En las encuestas publicadas por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte se pueden encontrar algunas aproximaciones. Por ejemplo:

Un 57,4% de la población andaluza ha leído en el último año.

Un 26,3% no lee nunca o casi nunca.

Un 35,8% ha comprado libros en el último trimestre. Un 35,3%, en formato papel y un 12,7% en digital. Un 66,5% ha comprado en un “establecimiento comercial especializado”.

El gasto medio por persona al año en libros y publicaciones periódicas es de 23,1 euros. El gasto a nivel nacional tampoco es para tirar cohetes: 36,1 euros.

Hasta aquí los datos “objetivos”. El resto del reportaje considérenlo un desvarío. Un intento de respuesta a preguntas sobre lectura, formatos y accesos. Una conversación informal con gente elegida al azar. En el contexto de las librerías, es fácil recabar elogios de clientes y usuarios convencidos, que destacan el criterio, la selección editorial, el trato personal y la confianza como los puntos fuertes. Pero ¿qué pasa en la calle?

Malagueños y sevillanos son quienes más lee en transporte público

Malagueños y sevillanos son quienes más lee en transporte público FOTO: PEPA PONCE

Ya que los sevillanos son, junto a los malagueños, quienes más leen en transporte público, la primera parada es uno de los nudos en los que confluyen todos los transportes públicos de Sevilla. San Bernardo. Tren, metro, tranvía y autobús. Cerca de una zona comercial y de hoteles. A un paso de las universidades como Derecho, Filosofía y Ciencias Económicas, en las que, dicen, se lee poco y se lee mal. De forma bulímica.

Son jóvenes, precisamente, los que transitan a buen paso por esta zona. Dos de cada tres que caminan solos llevan el móvil en las manos. No son los únicos. También los adultos que esperan sentados por cualquier razón entretienen el rato con esos aparatos. Otro dato: según la encuesta de Consumo Cultural, en esta región se dedica una media de 600 minutos semanales a internet. Ya se sabe. Ubícuo y portátil.

Los primeros a los que abordo son Carmen, Fran y Cristina. Acaban de empezar la carrera de Derecho. Los tres tienen 18 años. Los tres se reconocen lectores. Los tres prefieren el papel. Pero ¡si dicen que los jóvenes no leéis y vuestro reino es digital!, les comento.

Yo leo más que veo la tele. Hay muchos jóvenes que leen, más de lo que se dice”, asegura Carmen, que se emociona y rompe otra lanza. “Tengo amigos que prefieren quedarse leyendo un viernes por la noche que salir de botellona”.

El libro no es sólo un objeto que atesorar y coleccionar (que sí, que sigue siéndolo). Las condiciones de lectura son más saludables en papel: si evitas la dispersión, favoreces la concentración y no da dolor de cabeza, como el ordenador, apostilla Cristina.

En lo que sí coinciden con las tendencias es en los gustos. Novela histórica, ciencia ficción y novela romántica.

Mientras que ellas son más de comprar, Fran es de bibliotecas. ¿Y dónde compráis?, pregunto. Por variedad: El Corte Inglés, FNAC y Beta. Ven cierto encanto en los mercadillos de libros de segunda mano. Sólo Fran menciona una pequeña librería de Zafra (Extremadura): Atenea. Y es el único capaz de predecir un futuro sin librerías: “Si los grandes almacenes lo acaparan todo, podrán desaparecer las pequeñitas pero alguna siempre habrá. El problema también son los famosos de la tele que escriben. Yo prefiero libros de autor, que tengan algo de sustancia”.

Busco más experiencias. Fernando ya ha cumplido los cuarenta, trabaja en TUSSAM y le cuesta recordar cuál fue el último libro que leyó. “Hace más de un año. Creo que era uno de Risto Mejide. Lo dejé”. Lo que sí lee es prensa y redes sociales; igual, dice, que la gente que sube a los autobuses que conduce. “Pocos libros se ven, la verdad. Algún que otro eBook…”. La falta de tiempo y el cansancio lo alejan de la lectura, no de la música o el deporte. Pero, en cambio, sus niñas sí leen. “La pequeña le está cogiendo el gusto”.

Ha cambiado la forma de leer y de acceder a los contenidos.

La tranquilidad, clave para la lectura, está desapareciendo de nuestras vidas FOTO: PEPA PONCE

Jorge, jubilado de 64 años, me explica que antes solía leer en la cama. De quince en quince minutos diarios se leyó ‘El Quijote’ pero, hoy, “cada vez que me siento a leer cinco minutos, se me ocurren 20 cosas para hacer de manera inmediata y priorizas. Para leer es fundamental la tranquilidad y hoy no la tengo”.

Ana María es veinteañera y se sorprende cuando le cuento que el 13 de noviembre es el Día de las Librerías. No lo sabía. Sí es lectora, en papel, pero no es asidua de estos espacios porque se abastece en el Círculo de Lectores por tradición familiar. “No me gusta nada el libro electrónico, prefiero el objeto físico”. Su madre está con ella y, cuando le pregunto a Ana si lee, me responde: “antes sí. Ahora no tengo ni tiempo ni ganas”.

Tampoco Carmen, profesora de Historia jubilada de 63 años, tiene ninguna relación especial con las librerías. “Compro en la que me pilla más a mano”. Además, “no leo apenas literatura porque últimamente le dedico mucho tiempo a internet. Cuando era pequeña, leía la enciclopedia Sopena e iba de un término a otro. Ahora me pasa lo mismo con internet, disfruto mucho bicheando en temas históricos y yendo de un tema a otro”.

Noto que estoy empezando a contagiarme del pesimismo generalizado que afecta al tejido librero. Es cierto que ni se lee como antes, ni se vende como antes. Que el pez grande come al chico. También lo es que trabajan desunidos y eso resta posibilidades, que las opciones de acceso se han multiplicado por el infinito digital, que la competencia por el ocio es cada vez más descarnada. Que su margen de acción es mínimo, que sector público y privado no actúan en conjunto, que cada ciudadano es libre y responsable y que la lectura, al final, es un negocio. ¿O era una necesidad básica?

Para contarrestar ese contagio, sigo preguntando. Chari tiene 41 años, dos hijos y, aunque le falta tiempo y tranquilidad para leer ella misma, intenta mantener una presencia constante del libro en casa por los más pequeños. Es de las que regala libros en cumpleaños infantiles y en fechas señaladas. Donde suele comprar es en la cadena Baobab por cercanía, por variedad y “por la orientación que te dan sobre qué tipo de libro leer”.

Una más antes de desistir. Juan Ramón es periodista en tránsito hacia la abogacía “porque internet ha acabado con el periodismo”. “Soy lector ocasional y voy a tiro hecho”. Compra en la Casa del Libro, sobre todo por cercanía y por la atención de los dependientes. “El lector ocasional busca rapidez y comodidad”.

Antes de irme, me asomo a la boca del metro con una última esperanza. Quiero encontrar a una de esas figuras que semejan apariciones de otro mundo; esa especie en extinción que lee y camina al mismo tiempo, inmune a tropiezos y distracciones. Hombres y mujeres libro que recuerdan más bien a una performance artística, la lectura como acto de resistencia, y no a seres normales y corrientes ejerciendo un ritual cotidiano.

Como no aparece, cuento las personas que suben las escaleras mecánicas. 16 con móvil, 6 sin él, dos con cascos y cero libros. Enrique lleva allí dos horas repartiendo publicidad de una óptica. Le pregunto si ha visto muchos libros esta mañana. “Sólo una muchacha. Me he fijado que iba leyendo y andando. No ha parado de leer mientras salía”.

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