De la Sibila Cumana o sobre el futuro de las librerías

Opinión / Por Miguel Cisneros Perales

Si nos creemos los datos de la CEGAL, en nuestro país desaparecen 2,5 librerías independientes al día. Si existen 3.650, y el año pasado desaparecieron 912 y se crearon 226, a este ritmo y haciendo algo de trampa, dentro de cinco años y medio en España habrán desaparecido todas las librerías independientes. ¿Y qué ocurrirá entonces? Déjenme adivinarlo: nada. Todo seguirá igual.

¿Se desatará el apocalipsis? ¿Será la desaparición de las librerías un signo, un síntoma o una premonición de la desaparición del espíritu de la Ilustración o del Humanismo o algo así? No. De hecho, ya ha ocurrido en muchas ciudades (pequeñas, grandes y medianas) de España, en las que no hay ni una sola librería y donde los lectores son una ínfima minoría que o compra los libros en el supermercado o va a la biblioteca o los compra por Internet o se los descarga.

Pero para entender mejor qué ocurrirá en España cuando nos quedemos sin librerías, veamos qué es lo que ha ocurrido en esas ciudades en las que ya no existen… No hace falta que miren en Google o se asomen a la ventana, ya se lo cuento yo: nada, no ha pasado nada. No ha habido revueltas ciudadanas, tampoco ha ocurrido nada que advirtiera de su desaparición, salvo su propia y paulatina desaparición (que en sí misma no es noticia); es decir, no ha habido bomberos distópicos quemando libros ni plagas de polillas comiéndose el papel ni nada parecido; tan solo un lento y gris desencanto y un implacable y brillante desinterés.

¿Qué quién tiene la culpa?

¿La piratería, las distribuidoras, el capitalismo, la televisión, Gran Hermano, el premio Planeta, Amazon, la autoedición, el precio fijo del libro, el IVA cultural, Internet, la tasa de fracaso escolar, la carrera de Magisterio, la HBO, la Universidad, la censura, el Corte Inglés, la FNAC, Wert, Ken Follet, los videojuegos, los certámenes literarios de los ayuntamientos, Belén Esteban, el lenguaje sms, el franquismo, los bares, los libros de texto, los frikis, las horas de sol y el buen tiempo que hace en España, el papel reciclado, las redes sociales, el fascismo, Google, los juegos de rol, el bipartidismo, las drogas, Justin Bieber, la crítica literaria, la globalización, el Día de la Madre y el Día del Padre, la pornografía, H&M, el IKEA, el boom inmobiliario, la RAE, el periodismo, la generación nini, los saldos de las editoriales, el Tribunal de Cuentas, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, la Comisión Europea, la Filología, el TIIP, la LOGSE, que te obliguen a leer El Lazarillo de Tormes con once años, Isabel Preysler, la Guerra Civil, Californication, la telefonía móvil y el 3G, los masones, la comida basura, la tauromaquia, el pensamiento políticamente correcto, el postmodernismo, Coelho, el paro, la tilde de sólo, el manga, la emigración, los libros de autoayuda, Operación Triunfo, el fútbol, El Club de los Poetas Muertos, lo mal pagada que está la traducción literaria, Facebook, la crisis o el libro electrónico?

La verdad: no lo sé, pero dejénme que les cuente una historia que no sé si viene mucho al caso: hace muchísimos años, cuando el tiempo era circular y el futuro consistía en un retorno eterno y no se podía cambiar, vivió una mujer capaz de anticipar la curva de la circunferencia del tiempo.

Retrato de la Sibila de Cumas, por Elihu Vedder

Retrato de la Sibila de Cumas, por Elihu Vedder

Era la Sibila de Cumas, famosa por sus profecías. En una ocasión, quinientos años antes de Cristo, esta Sibila, ya muy anciana, impulsada por algo que sin duda ya había visto, se presentó ante el rey romano Tarquinio el Soberbio y le ofreció por un precio muy alto nueve libros repletos de profecías nunca dichas antes, o eso sabemos según Lactancio, que citó al escritor Marco Terencio Varrón asegurando que así lo había narrado este último en uno de sus libros perdidos (oh, la ironía). Sea como fuera, la cuestión es que el rey le dijo que no a la Sibila, pensando que si se quejaba del precio, no mostraba mucho interés por los libros y regateaba, entonces podría conseguirlos más baratos. Pero, ay, la Sibila, que ya había previsto lo que el rey haría, primero quemó tres libros al azar y luego volvió a ofrecerle los seis restantes al mismo precio que antes. Tarquinio volvió a decir que no (y probablemente que aquello no era justo, que siendo tres libros menos cómo es que le pedía el mismo precio de antes), pero ella, sin inmutarse, destruyó otros tres libros como respuesta. Entonces, ante el temor de quedarse sin ningún libro y, por lo tanto, sin el poder de conocer el futuro que guardaban, el rey aceptó comprar los tres últimos libros aunque para ello tuviera que pagar como si hubiera comprado los nueve originales.

Los libros resistieron más o menos el paso del tiempo hasta el año 83 a. C., cuando fueron devorados por el fuego. No obstante, se reescribieron, pensando que mientras existiera alguien que los hubiera leído, se podrían salvar de su destrucción material. Aunque este idealismo lector no sirvió de mucho, ya que en el año 405, un general romano llamado Flavio Estilicón los mandó quemar para siempre, dejando claro finalmente que de nada sirvió la compra de Tarquinio gracias a la cual, in extremis, los libros (y por extensión, su futuro) se salvaron de la quema. Aunque si esto fuera cierto, que su compra primera no los salvó de su destrucción posterior, ni yo estaría aquí escribiendo sobre ello ni ustedes estarían leyéndolo, porque sin la Sibila cumana, la librera de esta historia, sí que no tendríamos futuro.

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